Reflexiones sobre un fracaso

Acabo de jugar la última partida del torneo. Jugar es un decir. Abandone en la jugada 10 porque no tenía ganas de estar en ese lugar. Ni de pensar ni nada.
Reflexionando sobre esta situación lo único que puedo concluir es que la derrota de la ronda anterior realmente me desmoralizó, mucho más de lo que yo había creído. Tal vez porque me enfrentó con la realidad de lo extremadamente malo que soy en esto. El club en el que suelo jugar los sábados es, claramente, mucho más flojo de lo que yo pensaba. Viéndolo ahora me resulta obvio. De los jugadores ‘habituales’ solo hay tres o cuatro que son un poco mejor que yo. Lo cual claramente genero una deformación en mis percepciones. Lamentable. Jugar este torneo puso las cosas en su lugar. Probablemente deba dejar de jugar donde lo hago siempre y buscar formas de jugar los sábados en lugares con un nivel más alto. Se verá. Como sea en este momento me siento como para no volver a jugar nunca.

Falta de versatilidad

A veces me ocurre analizando una posición que estudio una variante que no llega a nada, paso entonces a estudiar una segunda, mientras hago esto tengo una idea que desgraciadamente no funciona. El problema es que en general no logro «volver» a la primera linea de análisis y ver que pasa con la idea que tuve en la segunda. Esto me ocurrió en la siguiente posición la cual, de haber sido más versátil y haber «vuelto con la idea de la segunda variante», hubiese resuelto.

Juegan las blancas y ganan.
Extracto de un estudio de Mattison.
Rigasche Rundschau, 1914.

La posición «maldita»

El sábado mi rival no compareció a jugar su partida. Pero justo antes de eso ocurrió un evento un poco gracioso. Los organizadores equivocaron el rival con el que debía jugar y comencé mi partida con el rival equivocado. Luego de algunas jugadas, encontrándonos en la siguiente posición:

los organizadores nos informan del error, mi rival fue a jugar con el que le correspondía y yo termine ganando como ya comenté. Lo llamativo del asunto es que unas semanas antes en una partida, a ritmo lento online, la conexión de mi eventual rival falló y no pudimos seguir el juego, exactamente en la misma posición.
Aparentemente no debo jugar esa posición.

Hacen falta dos para bailar el tango

Ha pasado más de una semana de una derrota dura. Digo dura porque me la propiné yo mismo. Sin jugar. Toda la situación surge del hecho de que no soy capaz de dominar mi narcisismo. Tengo una linea personal, una meta y no logro aceptar que el rival es una persona que tiene sus propios intereses deseos y gusto. De lo que hablo se refiere al hecho de que en mi desarrollo personal ajedresistico, en este momento particular, estoy tratando de concentrarme en aprender a dominar posiciones de ataque, a desarrollar la iniciativa. Y si mi rival elije plantear algo como 1) d4 y 2) e3, y busca ante todo posiciones completamente simétricas, entonces ese interés mío se ve resentido. Y soy demasiado infantil como para aceptar eso y simplemente aceptarlo. No, por supuesto que no, tengo que hacer un «berrinche», dejar de pensar: «no me interesa». Por supuesto con este estado mental no hay forma de no colgarse material.
Algún día tal vez termina de aprender que ser adulto implica aceptar que si el otro no quiere bailar a tu ritmo hay un punto en que se debe aceptarlo. Y el que abandona no tiene premio.